miércoles, 26 de octubre de 2011

Leyendas Cortas, La Ermita

Leyendas Cortas
La Ermita
Leyenda Noruega

El viejo Haakon cuidaba cierta Ermita.
En ella se veneraba un crucifijo de mucha devoción. Este crucifijo recibía  el nombre, bien significativo de "Cristo de los Favores". Todos acudían allí para
pedirle al Santo Cristo. Un  día el ermitaño Haakon quiso pedirle  un favor.  Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló  ante  la  imagen y le dijo, "Señor, quiero padecer  por  ti. Dejame ocupar tu puesto.
Quiero reemplazarte en La Cruz."  Y se quedó fijo con  la  mirada  puesta en  la  Sagrada Efigie, como esperando la respuesta.  El Crucificado abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes   y amonestadoras:  "Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición." Cuál, Señor??, - preguntó  con  acento suplicante Haakon. Es una condición difícil.

Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor, -respondió el viejo ermitaño. Escucha : suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar siempre silencio.Haakon contestó: Os, lo prometo, Señor Y  se  efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque.

Nadie reconoció al ermitaño,  colgado  de  cuatro clavos  en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon.  Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada. Los devotos seguían desfilando pidiendo favores.  Pero un día, llegó un rico, después de haber orado,  dejó allí olvidada su cartera.  Haakon  lo  vió  y  calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después,  se apropió de  la  cartera  del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho  se postró  ante  él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa.  Al no hallarla, pensó que el muchacho se a había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo: Dame la bolsa que me has robado!.

El joven sorprendido, replicó No he robado ninguna bolsa. No mientas, devuélmela enseguida!.
Le repito que no he cogido ninguna bolsa, afirmó el muchacho. El rico arremetió, furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte:  "Detente! El  rico  miró hacia arriba y vió que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer  en silencio, grito, defendió al joven, increpó al rico por la falsa acusación. Este  quedó anonadado, y salió de la Ermita.  El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

Cuando la Ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo:  Baja de la Cruz. No sirves  para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio. Señor, dijo Haakon, "Cómo iba a permitir esa injusticia?.
Se  cambiaron  los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño que quedó ante el Crucifijo. El Señor, clavado, siguió hablando. Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo
bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal.

Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada.
Yo sí sé. Por eso callo. Y la sagrada imagen del crucificado guardó silencio.

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